DIRTY: ENSUCIARSE DE VIDA
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By: Tatiana Caicedo
Alejandra recuerda mi cara llorando antes que cualquier otra cosa de mí.
Un andén en Bogotá, hace más de diez años, y yo deshecha por algún amor que ya ni siquiera recuerdo bien su nombre. Esa fue su primera imagen de mí. La segunda: lo mismo, otra vez, en otro lugar. "Esa era la imagen que tenía de ti," me dijo hace unas semanas, riéndose, mientras desayunábamos en la cocina que ahora compartimos en Brooklyn. "La niña que llora por amor."
Compartimos apellido, ciudad de origen, título universitario, un círculo de amigos que se repetía sin que nosotras nos encontráramos de verdad. Cruzamos palabras en Bogotá durante la universidad. Nada más. Dos caminos paralelos que tardaron una migración entera en tocarse.
Hoy vivimos juntas. Compartimos desayunos, Ubers compartidos a las tres de la mañana, la cuenta de la luz. La convivencia tiene una manera brutal de desnudar a la gente, no hay versión idealizada que sobreviva a ver a alguien buscar las llaves, perder el celular, el mal humor, la rutina del día a día.
Hay algo de Alejandra que ella no sabe todavía. En los agradecimientos de mi primera novela, la que estoy terminando de escribir en este momento, hay una lista de mujeres — migrantes, trabajadoras, rearmadas una y otra vez por sus propios desastres — que me enseñaron algo sin saberlo. Su nombre está ahí. Alejandra Caicedo, veintinueve años, colombiana, diseñadora, que hace nueve años parió una marca llamada LAKRAS.

No se lo he contado. No sé si lo haré antes de que lo lea aquí.
La palabra lacra viene del portugués lacre, que viene del árabe, que viene del persa, que viene del prácrito. Cera para sellar documentos. Con el tiempo, en español, pasó a significar marca, defecto, cicatriz que no se borra. En Colombia le dicen lacra a la persona indeseable, a la que no encaja, al vicio que dejó huella. Nunca le he preguntado a Alejandra si pensó en esa etimología cuando bautizó su marca. Tal vez no importa. Las buenas palabras encuentran su significado solas.
DIRTY es la colección más reciente. En las notas de lanzamiento, Alejandra escribe que todo empezó a ponerse "realmente sucio". no como estética, sino como método: enamorarse de quien no debía, mudarse de ciudad, bailar hasta que saliera el sol, dejar el bienestar en pausa por un rato. Crecer sin que nadie lo autorice.

La ropa es exagerada, artificial, nostálgica, sexy sin pedir permiso. Pero lo que de verdad me detiene son las fotos: una tarde, un parque, un trípode, nosotras entaconadas y con bolsos de hechos de latas de aluminio reciclado. Julio tenía al parque en otra frecuencia; camisetas de selecciones que ya no jugaban, pero nadie se las quitaba, alguien con un radio pegado a la oreja por lo de los Knicks, banderas amarradas a coches de bebé. Medio parque convertido en cancha sin que nadie lo hubiera planeado. Y ahí nosotras, entre los que corrían en círculos y los que gritaban goles que existían solo en su cabeza, actuando nuestro propio deporte, el de crear. Dos maneras de estar en un cuerpo, una al lado de la otra. El rendimiento. El deseo. Nadie se detuvo a mirarnos raro, o tal vez sí y ya no nos importaba, el parque entero estaba demasiado ocupado jugando su propio partido.

Al ver las fotos entendimos que habíamos hecho algo más que una campaña. Era un registro. De los desayunos, del cambio, de las conversaciones que empiezan hablando de ropa y terminan hablando de todo lo que todavía no nos atrevemos a decirnos. De lo que significa ensuciarse de vida a propósito, porque la alternativa - quedarse limpia, correcta, sin marca, nunca fue una opción real para ninguna de las dos.
Al final todas terminamos con lacras. Con suerte, aprendemos a usarlas como firma.